Hvad er klokken?

El rey de la casa


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1. La cola para facturar y recoger las tarjetas de embarque es inmensa, y te lleva más de una hora poder hacerlo.

2. Otra cola te espera, aun más lenta y larga, en la zona de control de equipajes de mano y acceso a la terminal. Cuando por fin te toca, el señor de delante tiene que pasar tres veces porque siempre se le olvida algo que debería haber puesto en la maleta.

3. Llega por fin tu turno y te tienen que revisar la maleta de mano porque quieren comprobar que el frasco de colonia es, efectivamente, de 100 ml. y la etiqueta con los mililitros parece estar oculta.

4. Con tanta cola y tanto retraso, el embarque ya comenzó y te toca correr por la terminal. Efectivamente, te ha tocado la última de las puertas, la más alejada de todas.

5. Llegas con la lengua fuera, casi sin aire... para comprobar que el vuelo tiene retraso, recién anunciado, y que hay una cola de más de 200 pasajeros dispuestos a no ser los que se queden sin poder meter su equipaje de mano en la cabina.

6. Sí, efectivamente, cuando te llega el turno del embarque, retraso aparte, tu equipaje tendrá que ir en la bodega.

7. Qué delicia, por fin estás volando... Lástima que no hubiera asientos asignados y te haya tocado uno entre dos personas que apenas te dejan espacio y, para colmo, tu acompañante está a unas 12 filas más adelante.

8. Se te olvidó cargar los aparatos electrónicos, así que olvídate de oír tu música, jugar con tu consola de bolsillo o con tu tablet, están todas a cero batería.

9. ¿Se han puesto todos de acuerdo para poner el aire al máximo de potencia? De repente, estás en un asiento más frío que Siberia. ¡Y tu jersey lo olvidaste en el equipaje de mano! Sí, el que está en la bodega...

10. Empieza a entrarte sed y no es un vuelo en el que sirvan comida. Cuando pides a la azafata tu refresco, esta abre la lata y... alguien la había agitado y te empapa de cola (de paso también a uno de tus compañeros de fila, lo cual te alegra solo un poquito, hasta que ves tu ropa empapada).

11. Turbulencias. De las gordas. Toca rezar.

12. Turbulencias. Otra vez. Justo cuando ibas a ir al baño del avión porque el refresco había 'encendido' la vejiga.

13. Tras 20 minutos aguantando, por fin es posible levantarse e ir al baño... Lástima que otras 8 personas lo hayan pensado antes que tú y tengas que hacer una nueva cola.

14. El piloto anuncia que hay restricciones aéreas en el aeropuerto y toca dar un par de vueltas extras antes de poder aterrizar.

15. Hay aterrizajes malos... pero te ha tocado uno en el que el fuerte viento hace de un viaje en coche en una carretera con baches toda una delicia, al compararlos.

16. Vaya... más de 25 minutos de rodaje en el aeropuerto y nos toca la última de las puertas, de nuevo. Es decir, para salir de allí habrá que hacer la maratón.

17. Nada de pasarela a la terminal. Hay que esperar más de 15 minutos a que llegue un autobús, solo hay uno y, como está lloviendo, tiene mucho trabajo ese día...

18. Te tocan los 200 pasajeros más lentos de la historia a la hora de abandonar un avión.

19. Sí, te toca justo al lado de esos señores con olor insufrible a sudor en el autobús...

20. Vuelves a necesitar un baño urgentemente... y cuando por fin consigues salir del avión y entrar en la terminal... ¿dónde están? El más próximo, a 200 metros...

21. Sí, la maleta no aparece. Equipaje perdido. ¿La cola para poner la reclamación?


22. ¿Quién iba a pensar que no iba a haber ya taxis para cuando sales de la terminal, sin maleta y con la reclamación ya puesta?

Hoy lo tenemos en las latas de bebidas, en los cacharros de cocina, en las ventanas y en trenes y aviones. Hasta los cables de alta tensión están hechos con este metal, por ser más barato y ligero que el cobre. Pero hubo un tiempo en el que con el aluminio se hacían joyas de extravagante valor y en el que reyes con ínfulas de emperador señalaban a sus cortesanos favoritos dándoles de comer en platos de aluminio e insultaban con vajilla de oro a quienes querían despreciar. Usaban barritas de este metal como regalo de singular importancia.

Y sin embargo el aluminio es el tercer elemento de la tabla periódica por su abundancia en la corteza terrestre y el metal más abundante con diferencia. La razón de su desmesurado precio inicial no es su rareza, sino lo difícil que era purificarlo, al menos al principio.

El aluminio fue extraído por primera vez, aunque de modo impuro en 1825 por el químico danés Hans Christian Ørsted. El primero en obtenerlo fue el alemán Friedrich Wöhler dos años más tarde. No pudo procesarse en cantidades razonables hasta que en 1846 el francés Henri Sainte-Claire Deville perfeccionó el método de extracción. Y aún entonces el proceso era tan complejo y los reactivos tan exóticos que se podían obtener cantidades muy escasas, hasta tal punto que Francia decidió mostrar barritas de aluminio como muestra de su poderío científico y tecnológico en la Exposición Universal de 1855.

Para entonces el emperador Napoleón III se había enamorado de la llamada plata de la tierra, tan rara y cara (valía casi 10 veces más que el oro) que se consideraba un metal precioso. El emperador decidió convertirlo en símbolo.

Así, otorgó a Sainte-Claire Deville una pensión anual de 36.000 francos con la condición de que dedicase todos sus esfuerzos a producir aluminio para el imperio. Así nació la famosa vajilla de aluminio de Napoleón III, sus regalos de barritas de aluminio a los huéspedes distinguidos, la moda de los botones de aluminio (para los muy pudientes) y la costumbre de hacer joyas con el metal. Por ejemplo, un sonajero para el heredero del trono que fue considerado un verdadero escándalo por el dispendio desmedido.

En 1884 en EEUU se decidió coronar el Monumento a Washington en la capital que lleva su nombre con una pieza de aluminio de casi tres kilos de peso, la más grande jamás forjada de una vez. Se calcula que la pieza valía tanto como 100 jornales diarios de los trabajadores de la obra.

La moda del aluminio-joya pasó con la caída de Napoleón III tras la guerra franco-prusiana de 1870-71 y especialmente a partir de 1886, cuando se descubrieron dos métodos diferentes (Paul Héroult y Charles Martin Hall) de extracción del metal en grandes cantidades: la producción pasó de una tonelada y media anual en aquellos años a las más de 25.000 toneladas anuales que producimos hoy, cuando es tan común como para resultar plebeyo.

* Artículo completo de José Cervera en eldiario.es