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Hvad er klokken?

El rey de la casa


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Quien más, quien menos, hemos dicho u oído que, igual que no escribimos London, sino Londres, no debería ser un problema el uso de los nombres en castellano de ciudades cuyo nombre oficial está en catalán, vasco o gallego.



Sin embargo, llamar a una ciudad por su nombre en castellano puede convertirse en todo un despiste cuando se trata de localidades extranjeras. Ocurre especialmente con las medievales, rebautizadas en nuestro idioma por gente que jamás se planteó que, siglos después, lo de hablar varias lenguas sería más normal que entonces. Así, escribir de Plasencia en un reportaje sobre la Emilia-Romaña despistará a muchísimos, tantos como desconozcan que así se dice Piacenza. Y lo mismo ocurre con Tolosa, la francesa, que es Toulouse, entre otras.



También está el caso de las ciudades cuyo nombre en castellano no es que cree confusión con sus homónimas en España, sino que directamente no sabemos qué lugares son hasta que no las escribimos en su idioma original. Me ha pasado recientemente con Breslavia (que así es como se llama Wroclaw), una ciudad polaca que se suma a otras como Maguncia (Mainz), Lubeca (Lübeck), Lila (Lille) o Vilna (Vilnius).



Al final, se demuestra que, una vez más, es mejor ignorar reglas estrictas e ir adaptando el texto al lector, al momento, a la idoneidad, al mensaje... y que la pureza por la pureza, no es la solución. Pussar och kramar!

Sigo con un poco de síndrome de Estocolmo con respecto a mi último trabajo. Durante más de un año he realizado una labor que me ha consumido, especialmente en lo que respecta a fuerzas, ánimos y ganas de seguir trabajando en esto. Y es curioso, porque se trataba de un puesto que lo tenía todo para que lo amara y no deseara jamás perderlo. Pero, lo que son las cosas, llevaba meses planificando cómo y cuándo dejarlo, e incluso adelanté un mes la fecha que me fijé en un principio.



Para mí, lo más difícil era asumir que no estaba huyendo de un trabajo tóxico, sino liberándome. Hasta que no lo vi claro, que se trataba de lo segundo, no me encontré en paz conmigo mismo. Desde que dejé de ser un asalariado, tengo la sensación de que he perdido mi capacidad de aguante, que cada vez que encuentro dificultades gordas, acabo mandando a la mierda al cliente o al trabajo en cuestión; lo cual no me gusta. Sin embargo, más que una bucólica búsqueda de la felicidad, creo que se trata más bien de evitar situaciones en las que la meta, más que un premio, es todo un castigo, quién sabe si sin retorno.



Y así estoy, con mucho tiempo libre de repente que ya se irá rellenando, y con ganas de que lleguen cosas nuevas. Lo mejor, que están llegando y que, espero, en breve no note económicamente la pérdida del que era mi mayor cliente y, por tanto, los mejores ingresos. Seré más pobre durante el tiempo que dure la recuperación, sí; pero mucho más rico en paz, tranquilidad, tiempo y ganas de hacer cosas. Eso no tiene precio...

Pussar och kramar!